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20 ene 2025

Déjame que te cuente...


Me dicen en mi Departamento que, en el próximo Claustro, se votará si permitimos en nuestro centro llevar el velo islámico y que no habrá debate para no enzarzarnos en una discusión larga. Y parece que se hará en secreto. Permíteme robarte unos minutos de tu tiempo porque quiero contarte un cuento:

 

Me contaron en la escuela que hubo un tiempo en el que mataban a quien pensaba diferente. Me contaron en la escuela que se expulsó de nuestra tierra a los que tenían otra religión que no era la verdadera. Me contaron en la escuela que algunos pensaron que era buena idea exterminar a grupos enteros porque su raza no era la nuestra. Me contaron en la escuela que, durante muchos siglos, a colectivos diversos se les esclavizó o se les miró con recelo por el color de su piel, porque vestían distinto, porque comían distinto o tenían costumbres distintas. Me contaron en la escuela que, hasta hace muy poco tiempo, se privó de derechos a la mitad de la población del mundo porque eran mujeres. Me contaron en la escuela que hubo un tiempo en el que el odio partió familias y estuvimos, aquí en España, tres años en una guerra. Me contaron en la escuela que, después, hubo una dictadura y que solo valía lo que decía el señor que ganó la guerra. Me contaron en la escuela que, en el norte, algunos se dedicaron a matar de un tiro en la nuca y coches bomba a quienes no pensaban como ellos. Me contaron en la escuela que, en el sur, hicimos una valla muy alta y con pinchos para que no pasen a este lado esos a los que queremos fuera.

Me contaron también en la escuela que, por fin, llegó un tiempo en el que aprendimos a convivir respetando las diferencias; que existe una cosa llamada derechos humanos que son para todos los humanos, sin importar de dónde vengas, dónde hayas nacido, quiénes sean tus padres, cuánto dinero hay en tu cuenta, cómo vistes, qué comes o cómo llamas al Dios al que le rezas. Me contaron en la escuela que todos somos iguales y libres; y que hablando se entiende la gente; y que no hay que imponer a nadie lo que uno piensa; y que no importa si otros pintan su vida con una paleta de colores que tú detestas. Me contaron que estamos todos aquí para hacernos la vida un poquito más fácil; y que en la variedad está el gusto; y que en caso de duda es mejor seguir pensando; y que, si no se limpian las heridas, al final se infectan y puede entrar gangrena. También me contaron que la arruga es bella y que era bueno escuchar a los viejos; y que es muy hermoso vivir en entornos donde todos cabemos; y que, para entender lo que no entiendo, puedo levantar la mano y preguntar a quienes sí saben porque lo están viviendo; y que nadie lo sabe todo, pero que entre todos podemos estar más cerca de saberlo; y que se pueden sumar los cachitos de verdad para hacer una más grande, aunque al principio dé miedo; y que había que respetar la libertad de pensamiento

Y también me contaron que contaban conmigo para aportar algo en este reto. Y yo creí a quienes me lo contaron… Y me hice profesor, como ellos, para seguir escribiendo este cuento.

Y soñé que las últimas páginas de nuestro cuento nos llevaban muy lejos: Soñé que, en clase, además de “nuestras cosas”, les enseñábamos a los alumnos, con nuestro ejemplo, a ser mejores personas, a pensar diferente, a ser creativos, a cuestionar las creencias, a no aceptar sin más lo políticamente correcto, a ser críticos con las imposiciones, a respetar a sus compañeros, a disfrutar con las discrepancias, a poner en duda sus certezas, a no tener miedo, a confiar en sí mismos, a escuchar a los que piensan distinto, a comprender que cada uno tiene su historia, a tratar de ayudar siempre o, al menos, a no molestar a quien lo está haciendo, a pedir ayuda, a implicarse, a defender a los que pasan por malos momentos, a superarse a sí mismos, a cuidar a los más frágiles, a no centrarse tanto en lo que nos separa sino en lo que nos une, a tener un corazón inmenso y que lo hagan crecer al ritmo que les metemos cosas en sus cabezas…, y que las cubran como quieran, que se las rapen o que se las pinten del color que les venga, porque no importa lo que está por fuera sino lo que llevan dentro.

Y hoy me he despertado y, mientras mi sueño se enfría lentamente como el café mañanero, veo que hay una página importante que puede cambiar el final de nuestro cuento. El miércoles votaremos en el Claustro lo que llevamos tiempo debatiendo: si las alumnas y profesoras que así lo quieran podrán seguir llevando el velo. Nosotros no somos quién para decidir eso.

He leído las opiniones de todos y me duele en el alma el daño que entre todos nos estamos haciendo. Somos profesores, no jueces. Somos compañeros, no rivales. Al margen de nuestras razones, argumentos o quién suma más en cada lado…, quizá sea bueno que escuchemos en silencio atento a quienes, con su elección libre de vestir como quieren, ya nos llevan hablando desde hace tiempo. Tan equivocado es obligar a vestir a alguien como no elige como prohibírselo cuando ha tomado la decisión de hacerlo. A los extremistas de un lado los llamamos talibanes; a los del otro, no me gustaría que se asocie al nombre de ningún compañero, y tampoco al de mi Centro. Tomar decisiones así les corresponde a otros; a nosotros nos toca educar, cuidar, sembrar, ayudar a crecer, formar y enseñar a desplegar las velas. A veces uno sabe en qué lado estar simplemente mirando a los que están enfrente.

Podemos cargamos de argumentos que validen nuestra posición, cada cual la suya, pero también nos cargamos en el proceso a quienes ya no podrán seguir eligiendo algo tan sencillo como ponerse o quitarse un velo, un signo de identidad que nada tiene que ver con cuestiones educativas ni de lejos. Con prohibiciones que no tienen sentido pedagógico, todo se vuelve un poco más feo. No me gustaría que mis alumnos tengan que contar el cuento de que hubo un tiempo en el que sus profesores votaron eso. Que decidan los decididores, nosotros a educar, que es lo nuestro. Que impongan los impositores, nosotros a convencer, aunque lleve más tiempo. Que quiten libertades los quitadores, nosotros a aportar y a caminar hacia la auténtica libertad verdadera. Que obliguen los obligadores, nosotros, mientras tanto, a construir un entorno educativo libre, igualitario, estimulante, diverso y plural.

Algunos pensaréis que esto no va con vosotros y preferiréis no mojaros. Os comprendo porque es verdad. A ti no te afecta ahora, pero a algunas personas de tu entorno sí. Tú no quieres mojarte, pero a otros les salpica tu decisión… Y sienten frío… Y necesitan tu paraguas para protegerse de los salivazos… Tendrás que mojarte o dejar que otros mojen o mojar, tú eliges. Libertad, igualdad y fraternidad fue el lema de la revolución francesa. Mi deseo es que nuestro Centro siga siendo un espacio de libertad, de igualdad y de fraternidad… Y, aunque suene a tautología pedante, la libertad se consigue siendo libres, la igualdad cuando todos somos iguales, y la fraternidad cuando actuamos como si realmente nos creyéramos las otras dos.

Si te identificas con este cuento, cuento contigo para defender la libertad no solo aquí sino en todos los centros de La Rioja. Si aún estás en duda, reflexiona, pregunta, pero no calles ni aceptes sin más. Sapere aude! ¡Atrévete a pensar! Estamos escribiendo una página importante de nuestra pequeña historia. Y, por supuesto, si no estás de acuerdo y te apetece, podemos tomarnos un café y me cuentas tu cuento. Posiblemente no llegaremos a un acuerdo pero, al menos, nos habremos escuchado, que es una competencia fundamental que tenemos que aprender quienes estamos rodeados de alumnos y nos dedicamos a ellos.

Nuestras razones importan poco cuando lo que está en juego es hacerles peor la vida a otras personas, restringir libertades o imponer criterios. Somos profesores. No dejemos de serlo.

* * * * *

Con todo el cariño del mundo a todos los compañeros que, desde cualquier posición, estáis contribuyendo a que cada día que pasamos juntos en esta tarea educativa merezca ser vivido con la intensidad, creatividad, atrevimiento y valor que exige esta profesión tan bella. Alguien continuará nuestra historia y habrá merecido la pena el esfuerzo de escribir nuestro cuento. ¡Nosotros izamos velas, no arriamos velos!



5 ene 2024

10 of the most mystifying open questions in science



From how life emerged on Earth to why we dream, these unanswered questions continue to perplex scientists.


KEY TAKEAWAYS
With the end of 2023 approaching, it’s time to revisit some of the toughest questions in science. Here's my (admittedly biased) list of the top ten. Each entry is briefly explained and accompanied by references to current books and articles on the topics. As you'll see, some of these questions have been with us for quite some time, and they may be unanswerable — at least through the usual scientific methodology.

To celebrate (with a sigh perhaps?) the end of this turbulent year, there’s nothing better than diving into some of the biggest open questions in science — those that have long kept scientists up at night. Though confounding, these questions point to an essential fact in science: the more we know, the more there is to know. There is no end to knowledge as long as we keep asking questions (and receive funding to try to answer them). Even more interestingly, some of these questions simply can’t be answered, at least not through the usual scientific methodology that combines objectivity and reductionism: the notions, respectively, that we can separate ourselves from the objects we are studying, and that it is possible to break complex systems into smaller ones to study their behavior and then infer the behavior of the whole from the behavior of the parts.

Every list of “most important” questions has a dose of arbitrariness, given the author’s subjectivity. However, I would venture to say that these rank among the toughest open questions — and for sure among the more mysterious and attention-grabbing. So, here it goes, in no particular order:

1. What is the Universe made of? We know only 5% of the composition of the Universe. This 5% is made of the familiar atoms of the periodic table, their molecular aggregates, or the components of the atoms: protons, electrons, and neutrons. There are also neutrinos — the elusive particles that can traverse matter as if nothing was there, including the whole of Earth. The mystery is the other 95%, composed of dark matter (roughly 27%) and dark energy (roughly 68%). Dark matter doesn’t shine and is found around galaxies and clusters of galaxies, like an invisible cloak. We know it’s there because it has mass and hence gravity: It pulls on the familiar 5% we can see, and we can measure this effect. Dark energy is much more mysterious, an ether-like medium filling up space with the bizarre property of pushing it apart, making galaxies accelerate away from one another. We don’t know what dark matter or dark energy are, and there are hypothetical explanations that try to modify Einstein’s theory of gravity to accommodate the observations and do away with the darkness. But after decades of searching, we remain quite ignorant.

2. How did life come about? Life appeared on Earth some 3.5 billion years ago, perhaps earlier. The mystery here is how aggregates of nonliving atoms gathered into progressively more complex molecules that eventually became the first living entity, a chemical machine capable of metabolism and reproduction. The fact that living matter is matter with intentionality remains a profound mystery.

3. Are we alone in the Universe? This question is really two questions, given that we want to know not only whether any extraterrestrial life exists but also whether it is intelligent. Ultimately, we would like to know how common life is. We also need to know why, if intelligent life is not so rare, we haven’t yet heard from “them”? On the question of aliens, I recommend the recent book by Big Think columnist Adam Frank, The Little Book of Aliens, for an up-to-date synopsis of the search for life in the cosmos. As I pointed out in my recent book, this question has a direct impact on how we relate to our own future and the planet we call home.

4. What makes us human? We have three times more neurons than a gorilla, but our DNAs are almost identical. Many animals have a rudimentary language, can use tools, and recognize themselves in mirrors. So, what exactly differentiates us from them? The thicker frontal cortex? The opposing thumb? The discovery of fire and the ability to cook? Our culture? When did language and tool-making appear? An excellent intro to this is Jeremy DeSilva’s book, First Steps.

5. What is consciousness? We’ve confronted this question before in these pages, wondering about the nature of consciousness, and even its possible connection with quantum physics, a trendy topic in some circles. How is it that the brain generates the self of self, the unique experience that we have of being unique? Can the brain be reversed-engineered to be modeled by machines or is this a losing proposition? And why is there a consciousness at all? What is its evolutionary purpose, if any?

6. Why do we dream? Even though we spend about a third of our lives sleeping, we still don’t know why we dream. Do dreams have an essential function, physiological and/or psychological? Or are they simply random images of a brain in partial rest? Was Freud right about his theory that dreams are some sort of expression of repressed desires? Or is that all bogus?

7. Why does matter exist? According to the laws of physics, matter shouldn’t exist on its own; each particle of matter — each electron, proton, neutron — should have a companion of antimatter, like twins. So, there should be positrons, antiprotons, and antineutrons in abundance. But there aren’t. The problem is that when matter and antimatter meet, they disintegrate in a puff of high-energy radiation. If you shook hands with your antimatter other, a good chunk of the U.S. would blow up in smoke. So, the mystery is what happened to this antimatter. Clearly, if the Universe had equal amounts of both earlier on, something happened to favor matter over antimatter. What? Was the Universe “born” this way, with a huge asymmetry between matter and antimatter? Maybe some primordial asymmetry evolved to do the job, selecting matter? If so, when did it act in cosmic history, and what would this asymmetry be? We’ve been trying to figure this one out for decades with no great success.

8. Are there other universes? Or is our Universe the only one? Believe it or not, modern theories of cosmology and particle physics predict the existence of other universes, potentially with different properties to our own. Are they there? How would we know, if we could? If we can’t confirm this hypothesis, is it still part of science? I have argued here before that the multiverse hypothesis is profoundly problematic and not particularly useful, even if fun to think about.

9. Where will we put all the carbon? With the global vamping up of industrialization, we are putting more and more carbon (and methane) up in the atmosphere, accelerating global warming. What can be done to change our impact on the environment? And what happens if we don’t? Models of global warming offer a range of predictions, from somewhat mild to dire. But clearly, time is running out to ponder about the issue and do nothing. It’s time to take this seriously at a global scale, for the benefit of the next generation and even just the next decade or so. Politicians are moving too slowly. We need to take this one into our own hands and act individually as well.

10. How can we get more energy from the Sun? We have based our explosive growth mainly on fossil fuels. Nevertheless, we have a remarkable energy source up in the sky, waiting to be explored more efficiently. Also, can we reproduce the solar engine here on Earth, fusing hydrogen into helium in a controllable and viable way to solve the energy problem for the foreseeable future? Progress is coming, but slower than we’d like. Or need.

6 dic 2023

De la Inteligencia Artificial a la Inmortalidad del Alma

 


Cristianisme i Justícia. Papeles nº 269. Autor: Xavier Casanovas Combalia. 

A finales de 2022 se dio a conocer al gran público el llamado ChatGPT, un software programado para reproducir el lenguaje humano y con la capacidad de responder a cualquier pregunta que se le plantee. El hecho de que este software haya aprendido a dar respuestas no prefijadas, gracias a un entrenamiento algorítmico mediante redes neuronales, sumado a la cantidad de información que ha llegado a digerir han puesto la expresión inteligencia artificial (IA) en boca de todos. Tenemos una herramienta capaz de escribir desde un poema romántico inédito al estilo de Goethe hasta un trabajo académico en el que se comparen dos autores que nunca han sido estudiados juntos y de hacerlo mejor que el 99 % de los mortales. Las preguntas que esto nos suscita son muchas: ¿Es realmente inteligente la IA?, ¿dónde radica su novedad?, ¿qué consecuencias puede tener su pularización?, ¿ayudará a mejorar nuestro mundo?, ¿qué podemos esperar? Nos aventuramos, a continuación, a compartir algunas respuestas distintas de las que nos proporcionaría ChatGPT.

 

El problema no reside en la verdad, sino en la verosimilitud

Uno de los debates más importantes en torno a ChatGPT —y a todos los modelos de lenguaje extenso (LLM, por sus siglas en inglés: Large Language Models)— no es si lo que dice es verdad o mentira, si se equivoca mucho o poco, sino que ha logrado una verosimilitud total, logrando que la conversación con el chat sea indistinguible de una conversación real. El teórico Ramón López de Mántaras lo escribía hace poco: el problema con ChatGPT es su antropomorfismo, que nos hace caer en la falsa sensación de realismo. Nos lo creemos no porque diga la verdad o se acerque, sino porque imita a la perfección la conversación humana, sus respuestas están muy bien escritas y transmite credibilidad. Pero tengamos siempre presente que la IA ni sabe por qué sabe lo que sabe ni entiende lo que dice o responde. Su respuesta busca simular el lenguaje humano y, por tanto, después de una frase como «El mejor jugador de fútbol de la historia es...» nos responderá aquello que haya aprendido de frases similares escritas en internet, añadiendo a la frase una palabra detrás de otra siguiendo criterios probabilísticos y garantizando que lo que dice tiene sentido, pareciendo incluso que se ha forjado una opinión sobre ello. Pero lo que hay detrás es, como ha descrito la profesora de lingüística computacional Emily Bender, «un loro estocástico».

En verdad, ante una herramienta como esta, la confusión está garantizada y la posibilidad de utilizarla para aprovecharse de nuestras vulnerabilidades aún lo está más. La IA aumenta de forma notable lo que el mundo digital y las redes sociales iniciaron: la posverdad. Las posibilidades de manipulación, de utilización no contrastada de información, de chantaje emocional, nos obligan a una formación ciudadana que tenga criterios de discernimiento para poner bajo sospecha aquello que lee y haya interiorizado suficientemente el sentido común para distinguir si se está siendo o no manipulado mediante la información que se recibe. En definitiva, deberemos ser más escépticos y menos confiados.

La irrupción de la IA puede dar lugar a un giro epistémico definitivo en nuestra escala de valores, en la cual la verdad deja de tener importancia y lo que cuenta es la verosimilitud, es decir, la apariencia de verdad.

 

Su insostenibilidad material

Gran parte del debate generado en torno a la IA tiene que ver con el peligro de sus sesgos. Nos preocupa que, siendo la IA una caja negra (no sabemos por qué dice lo que dice o hace lo que hace), acabe reproduciendo aquellas discriminaciones que se dan de facto en la sociedad. Pero es evidente que, si la IA es racista o machista, lo será porque nuestra sociedad lo es. Ni la IA es autónoma ni podrá sustituir nuestro juicio moral; menos aún mejorarlo. La preocupación por el sesgo de los algoritmos —pero sobre todo de los datos de los que se nutre— participa de una gran ingenuidad tecno-optimista: la creencia de que la tecnología ha venido para resolver nuestros dilemas morales, para convertirnos en mejores personas. No podemos esperar más de la IA de lo que esperamos de nosotros mismos.

La segunda preocupación más extendida tiene que ver con el hecho de que la IA pueda sustituir definitivamente el trabajo humano. Un artículo reciente publicado por Fortune exponía lo que se conoce como la paradoja de la productividad: el cambio digital introducido desde mediados de los noventa, contrariamente a lo que se esperaba, no ha provocado grandes aumentos en la productividad. Es decir, disponer de tecnología digital no nos hace más eficientes ni elimina realmente lugares de trabajo; solo los transforma. Más bien, la pregunta que debemos formularnos es quién se beneficia de estas tecnologías y de qué manera permiten acumular cada vez más poder en menos manos.

Aquello que realmente tendría que ser motivo de debate, y es uno de los temas de los que menos se ha hablado, es la insostenibilidad de la IA. Cuando se comenta la cuestión con informáticos, lo que más les preocupa es la capacidad computacional necesaria para entrenar y mantener la IA en funcionamiento: los cálculos utilizados para entrenar redes neuronales se han multiplicado por cien millones en los últimos diez años. A nosotros nos parece inocuo, casi mágico, pero pedir a ChatGPT que te explique el chiste más divertido que conoce implica una utilización de servidores, un consumo de energía y una cantidad de cálculos que hacen inviable su uso extenso y universal. Un divertimento como este se convierte en un coste computacional imposible de asumir a gran escala.

 

Una lectura antropológica y teológica

La lectura más interesante del fenómeno siempre cae del lado humano. Y nosotros, ¿cómo nos relacionaremos con la IA? Hace poco, con los alumnos de un seminario sobre pensamiento científico vimos un capítulo de la serie Black Mirror titulado «Be right back». Tiene exactamente diez años. Una mujer joven pierde a su pareja. Una empresa ha desarrollado una tecnología que permite, recuperando la información de la persona en videos, fotos y redes sociales, simular una conversación por chat con el muerto, propuesta que más adelante se convierte en una conversación telefónica y, finalmente, en un robot idéntico a la persona muerta. Como podéis imaginar, el supuesto retorno del muerto no llega a satisfacer en ningún momento a la persona viva, más bien al contrario: la aísla, la desestabiliza y la incapacita para reprender su vida. La hunde aún más en un pozo sin luz.

Esto ya es posible hoy. Los LLM como los de ChatGPT permiten, dándole información al respecto, simular una conversación por chat con cualquier persona fallecida, por ejemplo, con John Fitzgerald Kennedy o Freddie Mercury. Otras herramientas ya desarrolladas pueden tomar muestras de sus voces con cortes de tres segundos y simular a partir de ellas una conversación sonora real. ¿Y ahora qué? Si esto ya es posible, ¿estamos obligados a desarrollarlo? Imaginad la cantidad de dinero que podría conseguir un tipo de reclamo así: «¡Vuelve a hablar con tus muertos por teléfono!». ¿Cuánta gente pagaría por este servicio? Estamos a pocos meses de saberlo por macabra que nos suene la idea.

En este sentido, la mejor reflexión al respecto me la compartió un alumno: «Es que a la mujer no se le ha dado ni la oportunidad de superar el duelo». Aquí radica la cuestión más relevante: la tecnología nos permite huir y no tener que enfrentarnos a aquello que nos da miedo, nos amenaza o supone un reto vital. Pero eso parte de una mala comprensión de la antropología humana: recordando a Hölderlin, «donde hay adversidades nace aquello que nos salva». Queremos ahorrar al humano tener que ser humano. No hacemos ningún favor a nadie negándole la posibilidad del duelo en aquello que forma parte central de una vida. La muerte de un ser querido puede ser la peor de las desgracias, pero la vida va exactamente de esto. Como afirma Josep Maria Esquirol, no se trata de cerrar la herida infinita que nos constituye, sino de aprender a «acompañar y responder a su exceso». Con cada muleta tecnológica que añadimos a nuestro día a día, nos empequeñecemos y hacemos más débiles, más incapaces; en definitiva, menos humanos.

No cabe ninguna duda de que la IA participa de un cierto gnosticismo. Se trata de la vieja herejía cristiana según la cual la salvación se puede alcanzar a través del conocimiento y la iluminación. A la vez, se rechaza el mundo material e incluso el cuerpo, por imperfecto. El culto a los datos, la posibilidad de trascender nuestra vida mortal vaciándonos «en la nube» es, de hecho, la versión contemporánea de la herejía gnóstica. Y es sobre todo la ilusión de que una vez el cuerpo acaba nuestra alma se perpetúe, aunque sea a base de bits. ¿Será la IA la puerta de entrada a la inmortalidad del alma? La tecnolatría como religión es el gnosticismo del siglo xxi. Sea como sea no es lo mismo la resurrección de la carne que la inmortalidad del alma. La primera no es ni será nunca posible; la segunda, ya la tenemos al alcance gracias a un chat que puede hacer creíble la conversación con personas muertas. Deberíamos protegernos de ello. En tiempos de secularización extendida, donde nada está provisto de lo sagrado, la posibilidad de trascendencia se ha trasladado al campo digital. Buscamos la salvación a través de la tecnología. No la obtendremos. Lo que tendremos, más bien, será una pesadilla de confusión, una desconexión de nuestro ser natural y la incapacidad de entender la vida como seres finitos que somos.

 

Regular la IA y dotarnos de herramientas para el discernimiento

Nadie niega que la IA puede ser muy útil en aplicaciones de diagnóstico médico, de predicción climática o de prevención de accidentes en la conducción. Ahora bien, no a cualquier precio. Expresiones como «la IA ha venido para quedarse» o «la IA es neutra; todo depende del uso que le des» forman parte de una mirada miope a lo que es e implica la tecnología para nuestras vidas. La fascinación que genera la tecnología a menudo viene acompañada de un discurso ingenuo, alimentado, a su vez, por el interés de tanto dinero invertido que busca rentabilidad. La buena noticia: aún estamos a tiempo de limitar las peores consecuencias, evitando cualquier negocio con las vulnerabilidades del alma humana. La mala noticia: una vez la tecnología está desarrollada transforma nuestro medio, y su simple existencia ya ha cambiado la manera que tenemos de relacionarnos con el mundo.

El antídoto personal será cultivar nuestra capacidad de discernimiento; esto es, saber lo que hacemos y por qué lo hacemos: «Adónde voy y a qué», que se preguntaba San Ignacio. Solo nuestra intencionalidad, el hecho de que nuestras acciones y palabras estén dotadas de orientación, puede hacernos hoy diferentes a las máquinas. Y, como sociedad, más nos vale que empecemos a regular con legislaciones y protocolos éticos cada nuevo desarrollo digital, porque hay muchos millones invertidos esperando su retorno económico y a punto para aprovecharse de todas nuestras debilidades. ¿Que quieres volver a hablar por WhatsApp con tu hermana que murió el año pasado? Lo tenemos a un clic. ¿Dejaremos que esto se desarrolle como un negocio? Espero que seamos lo suficientemente inteligentes, perdón, lo suficientemente humanos como para no permitir que esto suceda.

 

Xavier Casanovas Combalia Profesor de la Cátedra de Ética de IQS

Cristianisme i Justícia. Papeles nº 269. Septiembre de 2023. Suplemento del Cuaderno CJ n. 234

Ediciones Rondas SL ISSN: 1135-7584 DL: B-45397-95


17 nov 2023

Who’s got the camera? (ToK!)

Una reflexión interesante para TdC:

For years, I’ve been using this picture of Neil Armstrong when I tell the story of meeting him and hearing his talk at one of his last public appearances:


I wasn’t there when this photo was taken, so I relied on a Google image search to find it:


I compounded Google’s error. Sorry, Buzz.

Neil had the camera. The photos of him on the moon were taken by a long selfie stick on the LEM. All the iconic shots show a very very tiny image of Neil reflecting in Buzz Aldrin’s visor (so technically, I guess he is in those photos).

We need people to hold the metaphorical camera. But when they do, they’re often not in the shot. That doesn’t mean they’re not doing important work.

6 jul 2023

Los ocho pecados mortales de la humanidad civilizada (Konrad Lorenz)

 


A pesar de ser escrito en 1973, Konrad Lorenz habla de ocho procesos diferenciados que no sólo amenazan con el ocaso de nuestra civilización, sino también de la Humanidad como especie. Un elenco de problemas que aún pueden hacernos reflexionar sobre su vigencia y su desarrollo desde el análisis de Lorenz en el siglo XX.

Tales procesos, según su interpretación, son los siguientes:

1) Superpoblación de la Tierra que, mediante una oferta excesiva de contactos sociales, impone a cada ser humano la necesidad de precaverse contra ello en una forma esencialmente «no humana», y que, por añadidura, desata la agresividad directa con el confinamiento de muchos individuos en un espacio reducido.

2) Devastación del espacio vital natural que no sólo destruye el medio ambiente externo donde vivimos, sino también el respeto mostrado siempre por el hombre a la belleza y grandiosidad de una creación infinitamente superior a él.

3) Competencia de la Humanidad consigo misma que propulsa el desarrollo tecnológico en perjuicio nuestro, ofusca a los hombres en la apreciación de todo valor auténtico y les arrebata el tiempo que deberían dedicar a la genuina actividad humana de la reflexión.

4) Atrofia de todos los sentimientos y afectos vigorosos mediante el enervamiento. El progreso tecnológico y farmacológico origina una creciente intolerancia contra todo cuanto ocasione el menor desagrado. Con ello desaparece la capacidad humana para el disfrute, que sólo es posible después de haberse superado con gran esfuerzo los impedimentos. El movimiento ondulatorio natural de los contrastes entre pesar y alegría decrece en oscilaciones imperceptibles hasta ocasionar un indecible aburrimiento.

5) Decadencia genética. Dentro de la civilización moderna no hay factor alguno —salvo el «sentido jurídico natural» y muchas tradiciones jurídicas transmitidas— que ejerza una presión selectiva sobre el desarrollo y mantenimiento de las normas sociales del comportamiento, aun cuando esto sea cada vez más necesario con el incremento de la Humanidad. No cabe excluir la posibilidad de que el infantilismo por cuya causa se han convertido en parásitos sociales muchos jóvenes «rebeldes» contemporáneos, tenga condiciones genéticas.

6) Quebrantamiento de la tradición. Por este conducto se llega a un punto crítico en que la generación más joven no consigue entenderse culturalmente con la mayor, y menos todavía, identificarse. Así, pues, trata a ésta como un grupo étnico exótico y la afronta con odio nacionalista. Las causas de ese complejo «identificación-perturbación» obedecen, sobre todo, al deficiente contacto entre padres e hijos, lo que tiene ya consecuencias patológicas en el período de la lactancia.

7) Formación indoctrinada creciente de la Humanidad. La multiplicación de los grupos culturales aislados donde se agrupan los hombres origina, en combinación con el perfeccionamiento de los recursos técnicos, un influjo sobre la opinión pública tendente a uniformar los criterios con una intensidad jamás conocida por ninguna época de la historia humana. Por añadidura, la acción sugestiva de una doctrina firmemente inculcada se acrecienta con el número de adictos, y quizás incluso en proporción geométrica. Hoy día, cuando un individuo se sustrae a la influencia de los medios informativos, por ejemplo la Televisión, se le imputan tendencias patógenas. Los efectos contrarios al individualismo son muy bien acogidos por quienes pretenden manipular las grandes masas humanas. Investigación de la opinión, técnica publicitaria y hábil encauzamiento de la moda favorecen, por un lado, a los grandes, y por otro, a los funcionarios allende el Telón de Acero para obtener un dominio similar sobre las masas.

8) El que la Humanidad se haya provisto de armas nucleares representa para ella unos peligros bastante más fáciles de evitar que los que son resultado de los siete procesos antedichos.

Los procesos de deshumanización descritos en los primeros siete capítulos encuentran apoyo en la doctrina seudodemocrática que no determina el comportamiento social y moral del hombre mediante la organización evolutiva e historicogenealógica de su sistema nervioso y de sus órganos sensoriales, sino por conducto del «condicionamiento» al cual se ve sometido en el curso de su ontogenia según sus respectivos medios ambientes culturales.