Me dicen en mi Departamento que, en el próximo Claustro, se votará si permitimos en nuestro centro llevar el velo islámico y que no habrá debate para no enzarzarnos en una discusión larga. Y parece que se hará en secreto. Permíteme robarte unos minutos de tu tiempo porque quiero contarte un cuento:
Me contaron en la
escuela que hubo un tiempo en el que mataban a quien pensaba diferente.
Me contaron en la escuela que se expulsó de nuestra tierra a los que tenían
otra religión que no era la verdadera. Me contaron en la escuela
que algunos pensaron que era buena idea exterminar a grupos enteros porque su
raza no era la nuestra. Me contaron en la escuela que, durante
muchos siglos, a colectivos diversos se les esclavizó o se les miró con recelo
por el color de su piel, porque vestían distinto, porque
comían distinto o tenían costumbres distintas. Me contaron en la
escuela que, hasta hace muy poco tiempo, se privó de derechos a la mitad de la
población del mundo porque eran mujeres. Me contaron en la
escuela que hubo un tiempo en el que el odio partió familias y estuvimos, aquí
en España, tres años en una guerra. Me contaron en la escuela que,
después, hubo una dictadura y que solo valía lo que decía el señor
que ganó la guerra. Me contaron en la escuela que, en el norte, algunos se
dedicaron a matar de un tiro en la nuca y coches bomba a quienes no pensaban como
ellos. Me contaron en la escuela que, en el sur, hicimos una valla
muy alta y con pinchos para que no pasen a este lado esos a los
que queremos fuera.
Me contaron también en
la escuela que, por fin, llegó un tiempo en el que aprendimos a convivir
respetando las diferencias; que existe una cosa llamada derechos humanos que
son para todos los humanos, sin importar de dónde vengas, dónde hayas
nacido, quiénes sean tus padres, cuánto dinero hay en tu cuenta, cómo vistes,
qué comes o cómo llamas al Dios al que le rezas. Me contaron en la escuela que
todos somos iguales y libres; y que hablando se
entiende la gente; y que no hay que imponer a nadie lo que uno
piensa; y que no importa si otros pintan su vida con una paleta de colores
que tú detestas. Me contaron que estamos todos aquí para hacernos la vida un
poquito más fácil; y que en la variedad está el
gusto; y que en caso de duda es mejor seguir pensando; y que, si
no se limpian las heridas, al final se infectan y puede entrar
gangrena. También me contaron que la arruga es bella y que era bueno escuchar a
los viejos; y que es muy hermoso vivir en entornos donde todos
cabemos; y que, para entender lo que no entiendo, puedo levantar
la mano y preguntar a quienes sí saben porque lo están viviendo; y que
nadie lo sabe todo, pero que entre todos podemos estar más cerca de saberlo; y
que se pueden sumar los cachitos de verdad para hacer una más
grande, aunque al principio dé miedo; y que había que respetar la libertad
de pensamiento…
Y también me contaron
que contaban conmigo para aportar algo en este reto. Y yo creí a quienes me
lo contaron… Y me hice profesor, como ellos, para seguir escribiendo este
cuento.
Y soñé que las últimas páginas
de nuestro cuento nos llevaban muy lejos: Soñé que, en clase, además de “nuestras
cosas”, les enseñábamos a los alumnos, con nuestro ejemplo, a ser mejores
personas, a pensar diferente, a ser creativos, a cuestionar las creencias, a no
aceptar sin más lo políticamente correcto, a ser críticos con las imposiciones,
a respetar a sus compañeros, a disfrutar con las discrepancias, a poner en duda
sus certezas, a no tener miedo, a confiar en sí mismos, a escuchar a los que
piensan distinto, a comprender que cada uno tiene su historia, a tratar de ayudar
siempre o, al menos, a no molestar a quien lo está haciendo, a pedir ayuda, a implicarse,
a defender a los que pasan por malos momentos, a superarse a sí mismos, a
cuidar a los más frágiles, a no centrarse tanto en lo que nos separa sino en lo
que nos une, a tener un corazón inmenso y que lo hagan crecer al ritmo que les metemos
cosas en sus cabezas…, y que las cubran como quieran, que se las rapen o que se
las pinten del color que les venga, porque no importa lo que está por fuera
sino lo que llevan dentro.
Y hoy me he despertado
y, mientras mi sueño se enfría lentamente como el café mañanero, veo que hay
una página importante que puede cambiar el final de nuestro cuento. El
miércoles votaremos en el Claustro lo que llevamos tiempo debatiendo: si las
alumnas y profesoras que así lo quieran podrán seguir llevando el velo.
Nosotros no somos quién para decidir eso.
He leído las opiniones
de todos y me duele en el alma el daño que entre todos nos estamos haciendo. Somos
profesores, no jueces. Somos compañeros, no rivales. Al margen de nuestras
razones, argumentos o quién suma más en cada lado…, quizá sea bueno que escuchemos
en silencio atento a quienes, con su elección libre de vestir como quieren, ya
nos llevan hablando desde hace tiempo. Tan equivocado es obligar a vestir a alguien
como no elige como prohibírselo cuando ha tomado la decisión de hacerlo. A los extremistas
de un lado los llamamos talibanes; a los del otro, no me gustaría que se asocie
al nombre de ningún compañero, y tampoco al de mi Centro. Tomar decisiones así
les corresponde a otros; a nosotros nos toca educar, cuidar, sembrar, ayudar
a crecer, formar y enseñar a desplegar las velas. A veces uno sabe en qué
lado estar simplemente mirando a los que están enfrente.
Podemos cargamos de
argumentos que validen nuestra posición, cada cual la suya, pero también nos
cargamos en el proceso a quienes ya no podrán seguir eligiendo algo tan
sencillo como ponerse o quitarse un velo, un signo de identidad que nada tiene
que ver con cuestiones educativas ni de lejos. Con prohibiciones que no
tienen sentido pedagógico, todo se vuelve un poco más feo. No me gustaría que
mis alumnos tengan que contar el cuento de que hubo un tiempo en el que sus
profesores votaron eso. Que decidan los decididores, nosotros a educar, que es
lo nuestro. Que impongan los impositores, nosotros a convencer, aunque lleve
más tiempo. Que quiten libertades los quitadores, nosotros a aportar y a
caminar hacia la auténtica libertad verdadera. Que obliguen los obligadores,
nosotros, mientras tanto, a construir un entorno educativo libre, igualitario, estimulante,
diverso y plural.
Algunos pensaréis que
esto no va con vosotros y preferiréis no mojaros. Os comprendo porque es verdad.
A ti no te afecta ahora, pero a algunas personas de tu entorno sí. Tú no
quieres mojarte, pero a otros les salpica tu decisión… Y sienten frío… Y necesitan
tu paraguas para protegerse de los salivazos… Tendrás que mojarte o dejar que otros
mojen o mojar, tú eliges. Libertad, igualdad y fraternidad fue el lema de la
revolución francesa. Mi deseo es que nuestro Centro siga siendo un espacio
de libertad, de igualdad y de fraternidad… Y, aunque suene a tautología
pedante, la libertad se consigue siendo libres, la igualdad cuando todos somos
iguales, y la fraternidad cuando actuamos como si realmente nos creyéramos las
otras dos.
Si te identificas con
este cuento, cuento contigo para defender la libertad no solo aquí sino en
todos los centros de La Rioja. Si aún estás en duda, reflexiona,
pregunta, pero no calles ni aceptes sin más. Sapere aude! ¡Atrévete a
pensar! Estamos escribiendo una página importante de nuestra pequeña historia. Y,
por supuesto, si no estás de acuerdo y te apetece, podemos tomarnos un café y
me cuentas tu cuento. Posiblemente no llegaremos a un acuerdo pero, al menos, nos
habremos escuchado, que es una competencia fundamental que tenemos que
aprender quienes estamos rodeados de alumnos y nos dedicamos a ellos.
Nuestras razones
importan poco cuando lo que está en juego es hacerles peor la vida a otras
personas, restringir libertades o imponer criterios. Somos profesores. No
dejemos de serlo.
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